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Paula Rodriguez: la arquitecta que se dejó tentar por el cemento

Publicado por
Mara Derni
Combina su rol como presidenta del Centro de Ingenieros de la Provincia de Buenos con el proyecto que la apasiona. En su taller arma piezas únicas de hormigón bajo la mara que lleva su nombre

Siempre sentí adoración por el hormigón. En el camino de mi casa a la facultad de arquitectura, pasaba todos los días por el laboratorio de ensayo de materiales de ingeniería y me detenía a mirar las probetas de hormigón que descartaban.

Un día, no pude resistir la tentación y me llevé algunas a casa. Pero iban a pasar varios años hasta darle un sentido a aquel impulso y crear mi marca, en 2011: Paula Rodriguez Cemento

A la par, seguí estudiando. Durante muchos años trabajé para constructoras en obras de gran envergadura y en las que el hormigón era fundamental. Pero arquitectos e ingenieros trabajábamos con una meta única: la obra.

Estuve muy ligada al mundo de los ingenieros: tienen esa mirada técnica pura y me supieron transmitir muchos de los conocimientos sobre hormigones que hoy me ayudan a explotar todas sus posibilidades constructivas.

Buscando un taller de cerámica al que sumarme, encontré un taller de cemento y creo que, desde ese momento, el material dio un vuelco para mí. Dejó de ser solo una posibilidad estructural, para pasar a ser el alma de muchos objetos y piezas que no puedo parar de crear.

La necesidad de tener un lugar de ensayo propio, un laboratorio de cemento, se instaló enseguida. Hago muchas pruebas. Mezclo distintos ingredientes para obtener distintas terminaciones y propiedades. Pruebo productos. Algunos ensayos resultan y otros no, pero me divierte: en el taller todo está permitido porque sé no tengo la responsabilidad de un edificio.

Hoy mi taller es el lugar donde el mundo se desconecta. Es un espacio de libertad absoluta, por eso no tengo un horario fijo de trabajo aunque trato de ir a la mañana bien temprano. A veces y depende de la complejidad de lo que tenga que hacer, a las 7 ya estoy ahí.

El proceso de diseño es el mismo que requiere un proyecto de arquitectura, solo cambia la escala y la velocidad con la que puedo concretarlo. Una obra me lleva años y tiene muchas complejidades por resolver; al objeto lo pienso y desarrollo, voy al taller y lo concreto. Eso es maravilloso.

Cada pieza es solo esa pieza. Puede parecerse a otra pero es única. No trabajo en serie, sería muy aburrido. Cada una de ellas tiene su propio espíritu y sensibilidad. Eso es lo que transmiten y lo que mas me gusta de ellas.

Hago objetos chicos pero también mesas, bachas u objetos de mayor complejidad o tamaño. Todos me encantan. Me inspiro pensando en los espacios que contendrán a cada uno de ellos.

En la marca se refleja todo esto, principalmente la impronta de sensibilidad que lleva cada pieza. No se trata de copiar un modelo, sino de crear desde tu propio interior. Por eso, si me encargan algo con demasiadas condicionantes y es algo que no me entusiasma o no me identifica, no puedo hacerlo.

De hecho, todavía hoy me cuesta desprenderme de mis piezas. Me gusta saber quién las tiene. Tengo una conexión muy emocional con el proyecto. La finalidad no es económica: lo hago sólo porque me gusta. Y eso es lo más reconfortante. El resto, cualquiera puede hacerlo.